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EDUCACIÓN

“Tensión en las escuelas: Del reto a la amenaza”. Opiniones y reflexiones del Lic. Carlos Sigvardt

Los retos virtuales inciden y escalan. De “jodas” que rompen bancos a pintadas y mensajes anónimos que obligan a evacuar las instituciones. La amenaza era falsa, pero el miedo, no. Así, las aulas quedaron vacías. Sobre la multiplicación de estos hechos, en decenas de escuelas argentinas, el Lic. Carlos Sigvardt, vicepresidente de la Educación Emocional, dio su opinión:

“Cada amenaza implica días de clases perdidos en las escuelas, son jornadas que no se recuperan, son recursos públicos (Brigada de Explosivos, peritos, patrulleros) que se restan de otros delitos para investigar un mensaje que en la mayoría de las veces es falso. Pero el protocolo no distingue, ante la duda, se debe actuar como si fuera cierto. Y el aula queda vacía igual”.
“No hay que minimizarlo, decir ‘es una broma’, habilita a que se repita. Hay que denunciar siempre, la pintada tiene un plus de crudeza. No se elimina para todos con un click… Para el autor del hecho, sea de un reto o de una amenaza, las consecuencias son reales. Intimidación pública prevé de 2 a 6 años de prisión. Si es menor de 16, hay causa en el Juzgado de Menores y medidas socioeducativas. El antecedente queda. Las familias responden civilmente por los daños: bancos rotos, pericias psicológicas, pintura para tapar paredes».
«La escuela también paga, queda estigmatizada. Es ‘la del tiroteo’, ‘la de las pintadas’. Al año siguiente cae la matrícula, los docentes piden traslado. El reto buscaba likes, la amenaza buscaba pánico. Ambos lograron lo mismo: romper la confianza… Hay que hablar con los jóvenes: Explicar que 2 minutos de ‘fama’, pueden costarles una causa penal y arruinar su futuro”.
“En Argentina, las balaceras escolares son estadísticamente excepcionales. Pero el terror se importa por redes sociales, los adolescentes replican un guion ajeno y logran un efecto local devastador. No hubo disparos, pero sí escuelas vacías. El reto rompe bancos. La amenaza rompe la escuela. Y acá aparece el límite: la escuela sola no puede».
«Un algoritmo no detecta depresión, abandono ni trauma. No mide ansiedad, no contiene rabia. Un patrullero no da clases ni hace de psicólogo. Si el miedo entra por Whats App o se escribe con fibrón en la pared del baño, la respuesta no puede ser solo un protocolo”.
“La prevención se tiene que dar mucho tiempo antes de que llegue el patrullero, empieza fuera de la pantalla: hablar, escuchar y acompañar antes de que el reto se vuelva amenaza. Si el celular entra al aula, la prevención tiene que entrar a casa. No hay protocolo que reemplace a la Educación Emocional y a un gabinete psicopedagógico con recursos».
“Es un precio muy alto el que paga la escuela: la violencia no es escolar, es social y desembarca en la escuela. O la acompañamos entre todos (familias que hablan, ponen límites, educan; Estado que pone recursos; Salud mental que llega a tiempo) o nos resignamos a que el aula siga vaciándose. No dejar a la escuela sola es la única forma de que vuelva a ser un lugar seguro”.
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